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Las teorías de la conspiración sólo existen en la mente de quienes las inventan



Carlos Bonilla | Merca2.0.

La creencia en que los hechos son objeto de manipulaciones ocultas entre bambalinas por parte de fuerzas poderosas existe en todas las sociedades.

Se le denomina “teoría de la conspiración” y ha cobrado relevancia y popularidad en las últimas dos décadas, con especial énfasis durante la pandemia del COVID-19 que todavía padecemos. Un factor que las ha hecho más nocivas es la difusión de fake news en las redes sociales, aunque no todas ellas sostienen que hay un plan siniestro en marcha.

Algunas teorías de la conspiración pueden funcionar como una diversión inofensiva o como señal de escepticismo justificado. Pero a veces pueden ser peligrosas. “Pueden conducir a una pérdida de confianza en el conocimiento médico y científico, a la desafección política, e incluso a la violencia” dice un estudio publicado por la European Cooperation in Science and Technology (COST).

Las teorías de la conspiración constituyen un desafío para las partes interesadas. Suponen que nada ocurre por casualidad, que nada es como parece, y que todo está conectado. En otras palabras, sostienen que un grupo de agentes malignos, los conspiradores, está orquestando secretamente todo lo que ocurre. Normalmente presentan a los supuestos conspiradores como enemigos del pueblo. Así, las teorías de la conspiración dividen claramente el mundo entre el bien y el mal, en Nosotros contra Ellos, chairos contra fifís, sin dejar lugar a la duda o la complejidad. Sostienen que debemos mirar bajo la superficie para detectar las acciones e intenciones de los conspiradores, que realizan grandes esfuerzos para ocultar sus perversos fines.

Las teorías de la conspiración también suelen presentarse como subversivas con respecto a las creencias recibidas. La premisa es que, si profundizas lo suficiente, descubrirás los vínculos ocultos entre personas, instituciones y acontecimientos que explican lo que ocurre realmente.

Estos supuestos apartan a las teorías de la conspiración de las ciencias sociales modernas, que enfatizan la importancia de lo aleatorio, la contingencia y las consecuencias no intencionadas. Las teorías de la conspiración defienden que los acontecimientos históricos son siempre el resultado de planes deliberados, en lugar de fuerzas sociales impersonales y efectos estructurales. Sin embargo, no suelen surgir de la nada. A menudo son respuestas – si bien simplificadas y distorsionadas – a problemas y angustias genuinas en la sociedad.

La diferencia entre las teorías de la conspiración y las conspiraciones reales (siempre ha habido conjuras y tramas cuya existencia se ha demostrado más allá de toda duda razonable) es que a menudo son distintas de las conspiraciones imaginadas por los teóricos de la conspiración en varios aspectos, dice el estudio de la COST:

Las conspiraciones reales que tienen éxito son normalmente conspiraciones puntuales. Comparadas con los planteamientos típicos de las teorías de la conspiración, tienen un objetivo claro y bastante modesto, como por ejemplo un golpe de estado o un magnicidio. Algunas teorías de la conspiración también giran en torno a acontecimientos puntuales, pero muchas otras son teorías “del sistema” o de la súper-conspiración. Suelen sostener que grupos concretos como los masones o los Illuminati han estado conspirando clandestinamente a lo largo de la historia, o afirman que distintos grupos, por ejemplo los judíos y los comunistas, están colaborando en secreto en un plan maestro para controlar todo lo que ocurre. Una que nos es muy familiar, la de los conservadores contra el “pueblo bueno”.

Las conspiraciones reales normalmente implican a un número limitado de personas que participan en la trama deliberada o inadvertidamente. Por el contrario, las teorías de la conspiración a menudo sostienen (a veces por implicación) que centenares o miles de personas están involucradas en la supuesta trama y en su encubrimiento. Es así incluso en ejemplos aparentemente simples de acontecimientos aislados, no digamos ya en súper-conspiraciones estrambóticamente complejas que supuestamente se prolongan a lo largo de los siglos. Simular el alunizaje, o la conspiración desde dentro en los atentados del 11 de septiembre habrían requerido de millares de colaboradores que trabajaran conjuntamente a la perfección y hubieran mantenido el silencio hasta hoy. Tales supuestos son altamente improbables, si no imposibles.

Las conspiraciones reales suelen producir consecuencias no intencionadas. Conducen a resultados no previstos por los conspiradores. Las teorías de la conspiración, por el contrario, suelen afirmar que todo ocurre de acuerdo con el plan de los conspiradores. Apenas dejan lugar a las consecuencias no intencionadas.

Los seguidores de partidos y movimientos populistas son particularmente receptivos a las teorías de la conspiración, y los políticos populistas a menudo hacen uso de una retórica conspirativa. Esto se debe a que tanto el populismo como la teoría de la conspiración reducen la complejidad del campo político a una sencilla oposición: el pueblo contra la élite, en el caso del populismo; y las víctimas de la conspiración contra los conspiradores, en el caso de la teoría de la conspiración. Como elemento del discurso político, las teorías de la conspiración proporcionan una explicación concreta a por qué las élites actúan contra los intereses del pueblo.

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